mi cabeza está hundida entre sus piernas debidamente guarnecidas por la tela del pantalón vaquero. Es un poco dura la tela con la que hacen los pantalones vaqueros. Estoy en mi refugio personal antiatómico contra el fin del mundo que, sin embargo, no me protege de mí mismo. Ni del mundo de allá afuera que desde hace tiempo me saca la lengua, me intimida, me empuja y me tira, y después de pasar por eso ¿qué me puede suceder? Sólo esta caleta me queda, sin techo, pero oscura si cierro los ojos. Vaya, me parece que ahora estoy entrando en el modo del
stream of conscience -sort of - que es mi manera de navegar en dirección a estribabor cuando todo anda mal. Mis mejillas en contra de sus pantalones, mi nariz y mis ojos y mi boca en el hueco que forman sus piernas entreabiertas, tirado en el sillón de un apartamento que apenas tiene un mueble, este mismo en el que ella está sentada y yo estoy tirado, sobre un sofá, sobre una parte de ella que me acaricia ahora el pelo, yo me agarro a una ilusión o al mundo tomando sus piernas con mis brazos hechos una especie de círculos ahora, boca abajo, mi cara se apretuja en contra de sus piernas, es mi bóveda personal imperfecta, incompleta, vulnerable –¿era de mi bóveda personal o era de mi vida de lo que hablaba?-.
Me molesta la luz, me molesta el ruido del televisor que probablemente esté apagado, tengo además jaqueca, ese taladro hiperactivo que hurga necio detrás de la ceja derecha, detrás del ojo derecho. Silencio, le pido con firmeza a todos olvidando que estamos los dos solos en ese apartamento que no tiene vista a ningún parque infantil, como si la tenía otro apartamento, con otra ella y con la misma tristeza o alguna peor. O la misma tristeza que tiene hoy el agravante de estar conjugada en presente y el presente es eterno lo dijo Octavio Paz y no quiero hablar de literatura, ni de la medicina para la jaqueca que ella se ofrece a traer del botiquín y que no encontrará porque el apartamento no solamente carece de muebles sino de casi cualquier otro tipo de mercancía manufacturada por el hombre. Aquí no hay ninguna medicina, -le advierto evitando su viaje al cuarto de baño y, sobre todo, que me deje solo en el sofá y sin sus piernas refugio-, aunque si te esperás un tiempo del moho de las chuletas en la refrigeradora se podrá obtener antibióticos. Supongo que ríe con mi broma. Ya mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, ya no distingo entre el verde del sofá y el tono azulado de su pantalón cuando estoy a su lado, acabo de hacer una alusión al
soundtrack de otra crisis, porque mis crisis han tenido siempre la decencia de tener su propio
leit –motiff, excepto esta, la de ahora a la que le compondría un fado si solo supiera cómo componer. Baah, miento con lo del fado.